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Introduccion: 

El miedo que caracteriza en la mayoría de casos a los niños acosados es lo que invisibiliza el problema.

Pie de Foto: 

Erradique prácticas como poner apodos o infundir los castigos físicos en casa.
Cada día es más frecuente escuchar hablar del bullying o matoneo en los colegios, sitios en los que nuestros hijos pasan al menos la mitad de su vida infantil y adolescente, mientras forjan muchos de los hábitos que los estructurarán como adultos.

El bullying se define como una serie de conductas de acoso o persecución, de carácter físico o verbal (y en los últimos tiempos a través de Internet), hacia los niños o jóvenes, por parte de sus pares, al considerarlos más débiles o presas fáciles de burlas. Se trata de demostraciones de poder de una persona o grupo de personas sobre otra, en la que el objetivo es someterlo a sus designios, conducta que no debe considerarse inocente y que no debe ser pasada por alto por los padres de familia.

Esta práctica no debe confundirse con las eventuales bromas que pueden surgir entre amigos, pues no hay que subestimar el fenómeno que en América Latina ha tomado dimensiones importantes y afecta seriamente la vida social de los estudiantes, hasta el punto de originar suicidios. Burlas constantes sobre la apariencia física o condición social, descalificaciones públicas e historias inventadas para desacreditar a sus compañeros, son algunas de las conductas que asumen los maltratadores hacia sus víctimas.

Recientemente la CEPAL (Comisión Económica para América Latina)  elaboró un informe en el que define el acoso escolar como “situaciones repetidas y permanentes de injusticia y abuso de poder (psicológico o físico). Entre las formas de maltrato más comunes y frecuentes, la evidencia identifica distintos tipos de insultos, apodos y sobrenombres, golpes, agresiones  directas, robos, amenazas, rumores y la exclusión o el  aislamiento social. En este caso, ha aumentado de manera  importante el llamado bullying cibernético, mediante el cual se maltrata y denigra al estudiante de distintas  formas a través de teléfonos celulares, páginas web, blogs, redes sociales, You Tube y otros medios compartidos o utilizados por los escolares en Internet” 

Para combatir este fenómeno, la atención no debe dirigirse únicamente hacia las víctimas,  usted como padre, debe estar también atento a los posibles desmanes de sus hijos y de los comportamientos agresivos que puedan estar asumiendo frente a otros. ¿Cómo saber si su hijo es un bully (agresor) o si está siendo víctima de uno de ellos? 
 
¿Cuáles son los síntomas de que un niño está siendo agredido por otros?
 
  • Cuando su hijo se lo cuenta. No subestime sus relatos ni pase por alto conductas extrañas, por ejemplo, cuando a menudo le pida más dinero del acostumbrado o aparezca con heridas o lastimaduras cuyo origen le cuesta trabajo explicar. 
  • Pueden existir alteraciones en el sueño, su hijo puede no comer bien, parecer angustiado y no disfrutar actividades que antes realizaba con agrado. 
  • Cuando el menor evite situaciones sociales como usar la ruta escolar o incluso asistir al colegio sin una justificación adecuada.
  • Si usted sospecha que su hijo está siendo agredido pero él se muestra reacio a confesarlo, trate de encontrar la forma de hablar del tema de manera indirecta. Por ejemplo, alguna situación que ven en un programa de televisión puede servir de disparador para la conversación;  usted puede preguntarle qué piensa al respecto o qué cree que debería haber hecho esa persona. 
 
 
¿Cómo ayudar a los niños?
 
  • Cuando su hijo le cuente que está siendo agredido por alguien de su colegio no dude en atender el hecho de inmediato y acudir a la institución para hablar con los maestros. 
  • No aliente a su hijo a pelear. El acoso escolar es una situación en la que lo fundamental es el abuso de poder y animarlo a que se involucre en una lucha de esta clase es quizás la peor idea que pueda tener.
  • Explíquele que no es culpable de la situación, pues en ocasiones, los niños sienten que ellos son responsables, que si hubieran actuado de manera diferente o hubieran tenido otro aspecto, eso no estaría sucediendo. A veces, tienen miedo de que los agresores descubran que ellos hablaron y la situación empeore. En ciertos casos, les preocupa que sus padres no les crean o no hagan nada al respecto.
  • Felicítelo por su valentía al hablar de lo que está sucediendo. Recuérdele que no está solo y haga hincapié en que es el agresor el que se comporta mal, no su hijo. Asegúrele que juntos encontrarán la solución para este problema.
  • En ocasiones, hacer que el menor escuche relatos de otras personas que han sufrido y superado exitosamente este problema puede ser de gran ayuda. 
 
 
Finalmente, tome en cuenta el hecho de que las agresiones pueden empeorar si los agresores descubren que su hijo le contó acerca de lo sucedido. En ocasiones, resulta útil hablar con los padres del agresor. En otros casos, es mejor contactar primero a los maestros o psicólogo de la institución para determinar el proceso más conveniente a seguir.

¡La ayuda de los docentes sumada al apoyo familiar, se convierte en la mejor herramienta para contrarrestar este devastador fenómeno!
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